Diario, esto se empieza a poner bueno. Hoy salí a la lí-lí-lí nea y por el solo hecho de hacerlo, al constatar mi supremacía en la conducción, me entregaron el cetro del poder. Lo blandí cual guitarra metalera en lo alto al tiempo que gritaba “¡ahora tengo el poder, hijosdeunagranputa!” mientras mi compañero me miraba con desdén e incomprensión. Lo entiendo. Los entiendo. Ellos no conocen mis facultades.
Evidentemente el cetro no tiene un poder inmanente sino tan solo simbólico (yo soy muy “bólico”, en cambio) no es más que el reconocimiento explícito del tácito acuerdo sobre el predominio que ejerzo. ¿Sobre qué? Sobre las minas, los canelones y el metal, claro.
No voy a separarme jamás del báculo, jamás. Tiene unas letras grabadas en él, supongo que algún tipo de caracter francmasónico del siglo XIV transmitido por el granito a través de generaciones de A, mis ancestros de los caminos.
Sin embargo, mi socio pareció no comprender este tributo a mi excelencia, ya que al aproximarnos a la siguiente estación dijo, con la misma indiferencia con que uno se dirige a un ser rastrero cualquiera, que le alcanzara “el palo staff”. ¡Jajaja! ¡Alcanzarle el palo staff! Debió estar bromeando, en primer lugar, por llamarle de esa manera ridícula y en segundo, por siquiera insinuar que yo podía entregárselo. ¿Es esa manera de hablarle al monarca de los rieles?
Le encajé el palo en el orto, lo obligué a postrarse y cocinarme unos canelones en la sala de máquinas de la 1500 y me deshice de él tras enseñarle la sumisión (tal era su misión) al soberano de los carriles. Y seguí viaje. Pero mañana… mañana será orto día, diario
